Gloria Q. de MorrisGloria Q. de Morris

 

      La Exigencia de Pertenecer      

                        por Gloria Q. de Morris                         

         

Uno de mis mayores placeres, cuando el clima lo permite, es salir a caminar en el jardín. Parece acercarme más a Dios, el Creador de esa naturaleza exuberante. Por eso no nos extraña que con frecuencia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se compare la vida del creyente con el llevar fruto.

     

                                    Meditando en el ejemplo más conocido que el Señor reservó precisamente para Sus horas finales con Sus discípulos, me llamó la atención la sencillez, pero a la vez profundidad de tres conceptos allí expuestos.  

                                    El primero y más obvio es que las ramas dependen de la vid para su existencia, pues “separados de mí nada podéis hacer” (Jn.15:5). El segundo, no tan obvio, es que hay un sentido en que la vid depende de las ramas para llevar fruto. Las uvas nunca crecerán sobre el tronco central, sino sobre las ramas, y, como estas, nosotras somos llamadas a llevar “mucho fruto” (vv.5,11).

 

                                 A su vez, cada uva es la expresión de la vida de la vid. Más aún, es el cumplimiento del propósito de la vid.  Asimismo, la uva es el medio de la propagación de la vid. Allí está la semilla de otra vid. Escondida en el suelo, pronto se producirá la germinación, con el resultado de más uvas.

 

                                El tercer, e igualmente esencial, elemento es que tanto el crecimiento como el fruto dependen de permanecer.  Varias veces en los ocho versículos se menciona la exigencia de permanecer. Permanecer significa que la rama permite que la sabia o vida de la vid pase a través de ella. “Permaneced en mí, y yo en vosotros”. A la vez, la sabia debe llegar hasta las extremidades de las ramas, sin bloqueo o impedimento, para que el fruto sea perfecto.

 

                                ¡Qué preciosa enseñanza la de nuestro amado Maestro!