Lejos
Por Débora Fdez. de Byle
Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón…
Así comienza un famosísimo bolero. Pero según el diccionario, la distancia no es sino el espacio o período de tiempo que media entre dos cosas o sucesos… un alejamiento.
Hay muchos conceptos que manejamos constantemente, todos los días, pero a los cuales no atribuimos el contenido que tienen en realidad. La distancia, lejanía, falta de cercanía… es uno de ellos.
Dependiendo de la sociedad o cultura a la que pertenezcamos, cambia el valor de los conceptos. Siempre me ha llamado la atención comprobar cómo para un argentino o un norteamericano, la cantidad de kilómetros -o millas- que se necesitan para que algo esté realmente lejos, es enorme; comparado con lo que yo, por ejemplo, consideraría. Las distancias son relativas, y el tamaño del país tiene mucho que decir en cuanto a esto.
Igualmente, el concepto de cercanía emocional va a variar, esta vez en función, principalmente, del trasfondo familiar (aunque no se puede obviar que ciertas culturas cultivan el alejamiento emocional más que otras).
Sin embargo, hay un tipo de distanciamiento, una especie de lejanía que está más claramente definida. Diremos que no se trata de algo físico, ni siquiera emocional. Hablamos de la distancia entre el Creador y su creación; lo que se halla entre Dios y el hombre. Y en este tema, nuevamente, tenemos que rendirnos ante el amor y la misericordia de nuestro Padre celestial. Porque a pesar de la innegable distancia entre Cielo y Tierra, la separación entre Él y nosotros la establecemos los hombres. Él se acerca, nos brinda su cariño, su perfecto amor… y nosotros nos alejamos. Ciertamente es una distancia definida. Una distancia espiritual y definida por nuestra incomprensión y orgullo: creemos que no le necesitamos.
Una y otra vez se nos recuerda en la Biblia, la Palabra de Dios, que Él está cercano, que su salvación lo está, que lo está su justicia y el día en el que Él venga a ejercerla. Si no vemos y sentimos todas estas cosas, no es porque estén fuera de nuestro alcance, sino porque voluntariamente ponemos distancia, es decir, espacio o tiempo entre ellas y nosotros.
Pero no podemos permitirnos esta lejanía. No si queremos disfrutar de esta vida y alcanzar la venidera, la eterna.
Hay dos sucesos, narrados en la Biblia, que para mí han sido una imagen clara a la hora de entender la cercanía de Dios y mi simultánea lejanía.
“…y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, estaban lejos mirando estas cosas” (Lc. 23:49).
Tremendo, ¿no os parece? Esto nos habla a nosotras, a las que deseamos seguir a Jesús, sus discípulas. Jesús se encontraba en el momento más difícil de su vida. El Maestro estaba siendo crucificado, y si alguna vez necesitó algo, esta era esa vez. Se sentía solo, abandonado por todos. Estaba haciendo lo que debía y sufría por ello, y los que decían ser sus seguidores, los más cercanos, estaban lejos. Aquí está la paradoja. Sabían lo que pasaba, lo estaban viendo, mirando… pero de lejos, a una distancia escogida e impuesta por ellos mismos. El Dios del cielo, el Creador de todas las cosas, recorre la distancia infinita que hay entre el Cielo y la Tierra y se acerca, tanto como para hacerse uno de nosotros, y nuestra respuesta es poner tierra de por medio, alejarnos.
Pero gracias a Dios hay otra historia. El recorrido inverso y complementario.
“Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió, y se arrodilló ante él”
(Mr. 5:6).
Se trataba de un pobre hombre endemoniado, de la región de los gadarenos. Aquí fue él quien recorrió la distancia que le separaba de Jesús. Lo vio, lejos, y aun así corrió hacia él. La conversación que sigue al texto citado, nos sugiere multitud de cosas, pero lo pertinente ahora es reconocer el valor de la acción de este gadareno. Él se acercó a Jesús y recibió más de lo que ningún otro pudo darle jamás. Así es nuestro Dios.
Este hombre vio a Jesús, y reconoció su divinidad, su poder. Supo discernir, con “ayuda” del espíritu inmundo, quién era Jesús y lo que podía hacer.
A veces pienso que la causa de la mayoría de los problemas del cristiano medio es precisamente eso. No discernimos con quién estamos tratando. Sí, aceptamos las buenas enseñanzas de Jesús, nos parece un Maestro bueno y respetable, pero no completamos nuestra parte del camino, no corremos hacia Él y nos arrodillamos ante su divinidad y poder. Lo miramos de lejos, observamos y tomamos nota, pero no nos acercamos… Y sabemos que en cuestiones del espíritu, del alma y el corazón, la cercanía es imprescindible. Sin ella, las relaciones casi no merecen ese nombre, ya que el compartir queda reducido a mera transacción.
Podemos creer en Jesús, conocer su Palabra, sus enseñanzas, pero no disfrutaremos de las bendiciones que como hijas de Dios nos corresponden hasta que no eliminemos la distancia que nos separa de Él. No despreciemos el precioso regalo que a través de la sangre de Cristo se nos ofrece, porque “en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo” (Ef. 2:13).
La decisión es nuestra; Podemos subsistir con o sin Dios. Pero incluso en el caso de que nos decidamos por Él, podemos vivir cerca o lejos de su influencia, de su amor y misericordia, cerca o lejos de su corazón. Dios, a través de las Escrituras, nos insta a acercarnos a Él con confianza, y debemos obedecerle. No hay otro sitio mejor.
No nos engañemos, Dios es todopoderoso, no está limitado por esferas de influencia: “¿Soy yo Dios de cerca solamente, dice Jehová, y no Dios desde muy lejos?” (Jr. 23:23). Todo está bajo su mano… pero paradójicamente pone en las nuestras el decidir si queremos estar cerca o lejos de Él.
Digamos sí a nuestro Dios; sí a estar constantemente junto a su corazón, bajo sus alas de amoroso cuidado. Pidámosle a Él que nos ayude en esta tarea. Pero tomemos, también, nuestras medidas: oremos sin cesar, busquemos la voz de Dos al escudriñar los escritos bíblicos, agradezcamos sin cesar: por la preciosa creación, por el amor sincero… y nunca perdamos de vista al Salvador crucificado y resucitado; Dios acercándose a mí, por amor.
“…en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; he puesto en Jehová el Señor mi esperanza” (Sal. 73:28).

Débora Fernández de Byle estudió Filología Inglesa en la Universidad de Sevilla, donde actualmente vive con su esposo David y sus dos hijos. Ha estado colaborando con Caminemos Juntas desde el número 0.