Acerca de la autora

Directora fundadora de ‘Caminemos Juntas’. Misionera, junto con su esposo, desde 1965, en Argentina, España y ahora en los Estados Unidos. Conocida conferenciante y escritora en periódicos y revistas. Tiene dos hijos y cinco nietos.

 

Mi esposo no comparte mi fe

Por Gloria Q. de Morris

Regresar a casa después de la reunión no fue fácil, terminó tarde. Al abrir la puerta mi esposo desde el sillón donde estaba viendo deportes en  la TV, con voz cansada preguntó: “¿Qué hay para almorzar?” Sin contestar entré en la cocina y preparé algo muy simple… Sin duda los dos nos sentíamos miserables. Mi esposo no tenía interés en mi nueva fe. De hecho, cuando se lo comenté reaccionó como si yo tuviera otro amor. Desde ese momento se mostró hostil, poco comunicativo, metiéndose cada vez más en sí mismo. Me sentí muy dolida y resentida, mirando con desaprobación todo lo que el hacía. Nos sentamos a la mesa, brevemente pedí la bendición sobre los alimentos y después de un silencio me preguntó: -“¿Cómo fue en la iglesia?”
-“Muy bien” -y en tono de reproche- “te habría gustado si hubieras estado allí”
-“No lo creo, no soy de ellos”. Después de una larga pausa agregó
-“¿Sabes? Si yo hubiera sido tú, me habría sentido culpable”
-“¿Culpable?” Exploté golpeando con mi puño la mesa. Él se fue de la habitación pero yo seguí hablando, furiosa: -“¿Por qué me voy a sentir culpable? Tú eres el que ha rechazado a Cristo, tú eres el que ha rehusado creer. ¿Cómo te has atrevido a decirme eso?”
Mi esposo regresó  y con palabras suaves me dijo algo que nunca voy a olvidar.
-“Porque soy un pagano, me comporto exactamente como cualquier otro pagano. Pero tú eres una cristiana y no me estás amando como debieras”. Por primera vez no tuve palabras. 
   Más tarde, sobre mis rodillas, llorando delante del Señor abrí mi corazón: “No puede ser que mi esposo esté en lo cierto. Tú sabes cuánto me he esforzado por ser una buena creyente… ¿Tú piensas que no amo como debo amar? Quedé en silencio y la respuesta no tardó en llegar. En mi corazón sentí que Dios estaba de acuerdo con mi esposo. Yo tenía que cambiar.

He querido poner este testimonio porque con matices distintos y otras palabras, algo similar sucede en muchos hogares donde hay yugo desigual. En todos los casos hemos visto que la realidad es que Dios no cambia al esposo inconverso primero. Siempre comienza (si ella lo permite) con la esposa creyente.

El consejo divino

Dios en su gran amor extiende Su mano de ayuda a Sus hijas que están en yugo desigual. Mientras no hay soluciones simples a muchos dilemas que surgen en esta relación, en 1ªP. 3:1b, 2  Dios nos presenta un plan de acción positivo y ofrece la esperanza a la esposa creyente de que siguiendo estos principios habrá de acercar a su esposo a Cristo.

Sin palabras

“…para que también los que no creen a la Palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas… casta y respetuosa”. ¿Por qué habrá puesto Dios esa condición? Para que no seas tropiezo a tu esposo.
   Nadie conoce mejor que nuestra familia nuestro carácter, genio, debilidades y comportamiento. Cuando una esposa creyente habla de su fe a su marido y le dice como Dios puede cambiar a una persona, ¡cuidado! ¿Conocéis aquel caso del esposo que estaba escuchando a su mujer hablar de cómo Dios puede cambia un león en un cordero? Al terminar de hablar, él le preguntó: “¿Cómo es que el poder de tu Dios no ha podido cambiar tu mal genio?”

Recordad

Que aunque somos limpias por la sangre de Cristo, la vieja naturaleza aún está en nosotras, y será difícil ser un ejemplo perfecto. Si fracasas traerás descrédito al Señor y tú te pondrás en ridículo. Para que eso no suceda, Dios te indica claramente: “sin palabras, por tu conducta…” Es tan fácil decir algo y actuar de forma contraria…
Dios quiere transformarte a la imagen de Cristo. Pon tu carácter, tu personalidad, a Sus pies y comienza a poner en práctica los principios bíblicos que te ayudarán a vencer esa vieja naturaleza. Por ejemplo: ¿Tienes carácter fuerte? Pues, “la blanda respuesta quita la ira” (Pr.15:1). ¿Eres rencorosa? Acuérdate del consejo de Ef. 5:26: “…no se ponga el sol sobre vuestro enojo”. Aprende a pedir perdón cuanto antes.
Procura amar en el espíritu de 1ªCo. 13, con ese amor que “no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor…” recordando que cuentas con la ayuda del Espíritu Santo para ello (Ro.5:5).

Mientras Dios va haciendo Su obra en ti, testifica “sin palabras”.  Tu esposo irá viendo el cambio y eso le convencerá del poder de Dios, de la eficacia de Su Palabra, y no habrá barreras ni impedimentos para que se acerque a Cristo. Pero ese cambio debe ser bien visible y estable.

Cuando dice “sin palabras” se está refiriendo a las cosas espirituales, pues en todo lo demás  es esencial que haya diálogo, que se compartan los sentimientos, las opiniones, las decisiones… O sea, todo aquello que tiene que ver con la pareja y el entorno familiar.
El deseo de Dios es que comiences a amarle sin predicarle y sin llevar registro de sus pequeños errores. Él no tiene al Espíritu Santo, tiene que ver y sentir ese amor a través de lo que tú le ofrezcas.

El respeto debido

Si más mujeres comprendieran  cómo se siente el esposo inconverso cuando la esposa le comunica su nueva fe, muchas áreas de conflicto se podrían evitar. Uno de ellos nos comenta: “Nunca me interesó la religión. El día en que mi mujer me dijo que había hallado a Cristo sentí que perdería su amor, su respeto, y que no consideraría mis opiniones”. Es triste aceptar que en muchos hogares suele suceder que la esposa creyente piensa que es superior a su esposo no creyente, y procura asumir el liderazgo, rompiendo así lo establecido por Dios. Son muchos los esposos que opinan que las esposas deberían valorarlos por lo que son y no por lo que ellos creen.

Respeta a tu marido tal cual es, ya que tú deseas que él respete que eres creyente. Ámale como si ya fuese el hombre creyente por el cual estás orando. Si tienes fe, recuerda que “la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (He.11:1).

La salvación de tu esposo está en las manos de Dios. No trates de persuadirle o convencerle, es tarea de Dios. Él contestará tus oraciones en Su tiempo, pero ruega que alguien se interese en explicarle el camino de salvación. 

Debes tener en cuenta la importancia de aprender a escuchar. En Pr. 18: 13 se advierte que “es necio y vergonzoso responder antes de escuchar”. Una de las necesidades básicas en el ser humano es ser escuchado. Tu esposo apreciará muchísimo si dejas lo que estás haciendo y te sientas a escucharle. Esa acción le hará sentir que para ti él es importante.

Una necesidad imperiosa

Cada día debes separar un tiempo para estar a solas con Dios y leer Su Palabra para adquirir conocimiento, guía, y bendición. Trata de hacerlo cuando estás sola, para luego conversar con Dios. Pídele por la salvación de tu esposo, que le dé sabiduría, comprensión, que lo proteja y libre de caer en tentación. Pídele lo mismo para ti. Trata de que la actividad y la asistencia a la iglesia sea con su consentimiento, y en lo posible en horas en que él no está. Si la casa, la familia, y las comidas están bien atendidas y tienes tiempo para estar con él, la mayoría de los esposos no tienen inconveniente en que sus esposas y sus hijos asistan a la iglesia. La enseñanza espiritual de tus hijos estará a tu cargo a través de la lectura y el ejemplo, para llevarles a aceptar a Cristo como Salvador.